2016 Ediciones UNL
ISBN 978-987-749-039-8
Los diez cuentos de Helada Negra nos hablan del dolor de la pérdida. Madres que pierden a sus hijas, niños a los que de golpe se les ha escapado la infancia, un hombre que secciona su mano, una joven que ya no es la misma desde que murió su hermana, una estudiante que no comprende la desaparición de su amiga, una prima que observa lo efímero de la vida y de los vínculos, un ojo que espía obsesivamente los pasos del que fuera su amor.
Y en ese vaivén entre la vida y la muerte, otra mujer, ya adulta, cierra su historia cuando recupera la memoria de su abuelo, otra se lanza irreflexiva hacia lo que cree que es el amor, y dos hombres cotejan ferocidad y violencia, a través de una negociación que medirá su poder.
Severín ahonda las profundidades del corazón humano, sus miserias y pasiones, en relatos donde el silencio habla más que las palabras, con una escritura conmovedora e inquietante que no deja indiferente.
Comentarios del libro
Definen a la helada negra como “el terror de los agricultores porque no hay cultivo que la sobreviva”, incluyendo a los más resistentes. Lo concreto, que apunta a lo simbólico, se hace aún más específico, y terrible, cuando la información precisa que “a nivel celular aparecen cristalitos en forma de cuchillos que desgarran la maquinaria interna de las células y las membranas internas se desecan a causa del mismo proceso de congelación”. Resultado: la necrosis de los tejidos dañados que se ennegrecen de golpe como consecuencia de la podredumbre y si los daños afectan a partes vitales, como el tronco y las hojas, la planta muere.
De estos daños, profundos, íntimos, irreversibles, de la “helada (el hada) negra” que no hace milagros salvíficos en la vida, nos habla la decena de cuentos bien macerados de Patricia Severín. En “Helada Negra”, encuentra la autora su mejor voz. En “Helada negra”, hay una madurez expresiva, un manejo impecable del género y lo más destacado, la construcción de climas con una economía de recursos que subyuga.
Carlos Roberto Morán
Querida Pat, terminé tu libro. Me dejó una música y la sensación de haber viajado al
pasado. Todo el tiempo hay una voz melancólica que cuenta y que no comprende el
mundo, que se te hace muy afectiva. Mis preferidos son el de la prima y el de la luna.
Gracias por compartir tu libro conmigo. ¡Es precioso!
Patricia Suárez
Querida Patricia, recién terminé de leer Helada Negra y, antes de que pasara el efecto
primario, quería contártelo. Me gustó mucho, es un gran libro. Hay un clima ominoso que
se mantiene cuento a cuento, personajes medio fantasmales —como inasibles—, a veces
parece que están en un más allá rarísimo y perturbador, y por momentos dan la impresión
de estar ya muy encima de uno. "Mano izquierda", por ejemplo, su protagonista es
terrible. (Creo que es mi preferido, junto con "Muro de viento", el padre enloquecido por
el alunizaje). Gracias, sos una gran escritora. Estoy feliz de haberte leído.
Mariano Quirós
Patri querida, terminé de leer Helada Negra, lo hice durar porque no quería que termine,
sos una cuentista fabulosa.
Es un libro construido sobre lo que no se dice, le calza perfecta la teoría del iceberg.
Mis favoritos, Helada negra, Corazón de erizo, El hombre que más amo a mi hermana, más
que favoritos quedaron como cuentos de cabecera, piezas únicas.
El resto de los cuentos me gustaron mucho, disfruté el libro tremendamente y te cuento,
que recién vi la cita con mi nombre cuando lo terminé, y me dejó en shock, además del agradecimiento por haberla colocado, te digo que es una cita perfecta para el libro, tranquilamente podría haberla escrito después de leerlo.
Un honor ser amiga de esta escritora del carajo!!!!
Laura Yasan
Querida Patricia, estoy leyendo tu libro de cuentos, es una joya y perdón por la expresión,
me faltan cuatro cuentos y no lo quiero terminar; me acordé de esa otra maravilla que fue
Las líneas de la mano, sin embargo, aquí me estremece la precisión, el manejo del ritmo,
la tensión y a la vez la intensidad.
Llegaste a una perfección formal impresionante. Y lo bueno es que cada cuento late
vitalmente sin que la forma mitigue su fuerza expresiva. Abrazo y gracias
Irma Verolín
Cielito: Recibí tu Helada negra, que leí con mucho gusto, aunque también con sobresaltos,
porque es un grupo de cuentos muy inquietante. Bueno para la literatura. Pero no para
nosotros, porque creo que las angustias y los golpes que dan y reciben estos cuentos
retratan nuestros días en nuestro pobre país, al menos como los puede recibir y propinar
un escritor (una escritora) sensible.
Enrique Butti
Patricia, empecé a leer tu libro. El texto de la "la hermana" -trágico, conmovedor, pero
que va mucho más allá de estas apreciaciones, es una disección de lo efímero del ser
humano (ésa es nuestra esencia, ser pasajeros y volátiles) y sobre el que me extenderé
luego-. Paso a hablarte de La vereda de la sombra: los signos que agitan lo textual abordan
la diferencia entre humanos. Cómo es la convivencia de personas que no reconocen en la
otra sus propios códigos, (cosa que les sucede mutuamente) y eso resulta extraño, y en
ocasiones, incómodo. Alina parecía fascinada, encantada por algo que estaba más allá y
que yo nunca vería, observa quien relata. Se demuestra que las afinidades pueden darse y
crecer pese a ese reconocimiento continuo de la alteridad. Alina caminaba por la vereda
de la sombra, no toma sol, no sabía andar en bicicleta, tampoco se desplazaba en colectivo
ya que obedecía permanentemente las órdenes o indicaciones de su madre: ¿sentarse en
esos asientos? mi hija ¡no! Y la que relata, divorciada, independiente, se somete a un
extenso interrogatorio de la madre controladora de su amiga y explica el por qué: creo que
toleré el banquillo porque no quería perderla. Pero, en este caso, cuando por
determinadas circunstancias, Alina cambia, se llega a la ruptura, al profundo
distanciamiento. Alina se vuelve hermética como una valva, no quería verme, no
contestaba mis llamados se lamenta la relatora. Alina desapareció una década atrás y yo
creía haberla olvidado. Hasta ayer. Salí huyendo. No sé lidiar con fantasmas. El cuento usa
un lenguaje literario que nos descarga abundantes y sorpresivos aciertos estéticos: Alina,
una muchacha de tiza borroneada por el pánico. //La memoria traía oleadas, fragmentos,
alfileres clavándose en una almohadilla. La marea negra que junta sin orden caracoles,
algas, basura y los arrima hacia la arena. //Sus mejillas se ahuecaban formando un delta
de innumerables hilos. //El paraíso había descendido y ella penetraba sigilosamente en él.
// Una astilla, larga y profunda, se trabó en algún lugar de mi cuerpo. Sobre la astilla
quedaron apiladas un montón de palabras que no se dijeron y se fueron transformando en
una ira sorda, oscura, entre otros hallazgos. Excelente..
Mano Izquierda. Su ritmo que corta la respiración y se necesita tomar aire: un individuo
inexperto, tambaleante, camina sobre una cuerda floja que pende sobre nuestras cabezas,
espectadores/lectores. Tensión. Angustia. Identificación. Si él se derrumba, se nos
desploma encima y nos arrastra en la turbulenta correntada del ser humanos. Mano
izquierda desarrolla la pérdida de la autoestima y/o la desconfianza que va creciendo en
una persona cuando sufre permanentes desvalorizaciones a lo largo de su vida.
De grande quiere ser escribano, ingeniero, antropólogo; le gustan esas carreras (…) Pero
su madre lo desalienta, no sos bueno para ninguna, (…) dejá de perder el tiempo, buscate
un buen trabajo. El padre lo usa cuando niño para tapar aventuras e infidelidades
conyugales: le avergüenza lo que hacía su padre, y él, su cómplice. El encubridor. En tanto,
el acoso materno no cesa: imitalo a tu hermano, hacete hombre. La que se convirtió en su
esposa dudó demasiado en aceptarlo como enamorado: ella le dio el sí seis años después.
Devaluar a alguien, de manera colectiva y sin tregua, conduce a algún crack trágico. ¿Cuál,
en este caso? El protagonista ha sufrido un accidente en el que se seccionó una mano.
Pero ese episodio esconde o disfraza otra mutilación: él siente que tiene que recuperar la
memoria perdida del momento exacto del percance; esa laguna lo persigue porque ahí se
halla la clave para entender su vida. Y cuando recobra el recuerdo, se choca con su
secreto: Quiere cortar leña, destrozarla, cortar, cortar cabezas, cortar a alguien. Matarlos.
Matar: ¿a su mujer que probablemente lo traiciona con su hermano? ¿a éste? ¿a quién le
dio la vida para humillarlo?
También dejan marcas las formas en que Severín arma la escritura: La lengua de golpe se
le ha hecho de pasta, fofa, y atrapa el grito que necesita salir. //La noche sigue siendo un
animal hambriento. Y no perdona. // No sabe en qué fisura del insomnio se le cuela, pero
sueña con un pozo. Cae dentro del pozo, se agarra a una saliente. Pide ayuda. Grita. Nadie
acude. No le queda resto.
Un cuento excelente y desesperante. El protagonista no tiene salida. Y nosotros… ¿acaso
la tenemos?
El padre de mi padre: Transgresiones y búsqueda de identidad serían el tronco desde el
que se expande el ramaje de este texto. Una niña/joven tenía prohibido entrar a la
habitación de sus padres. Pero ella, disimulando, violaba el territorio vedado, y, dado que
espiaba a su madre sabía dónde escondía una llave. La tomaba y sacaba un libro. En el
libro se escondía un secreto: la foto de un hombre desconocido: Voy a saber quién sos y
por qué te esconden. Era mi abuelo.
Se le suma la transgresión de otra fémina (Maddalena) que, soltera, queda preñada para
que no la lleven a América, cuando un acto de esa naturaleza no era soportado por la
sociedad debido a la marca que arrastraba tal desobediencia desde siglos: el hombre,
propietario, debía asegurarse de que la herencia que trasmitía pasara a hijos suyos,
legítimos, y no a bastardos usurpadores provenientes de adulterios o relaciones ilícitas de
su esposa. Por ende, él, resultaba propietario de latifundios y de hembras, con el mismo
sentido absoluto. Y se imponían leyes sociales que custodiaban ese derecho. Pues
Maddalena, aunque de familia pobre, transgrede la norma virtuosa y se convierte en
madre soltera. Y a ella se le suma la rebeldía de su nieta, quien quiebra las censuras
paternas. ¿Quién era el padre de mi padre? se pregunta la narradora. No podía preguntar.
No se hablaba de eso. Pero sin él, sin el abuelo, (…) me faltaba una parte. Una mitad se
había instalado dentro de este cuerpo. Me faltaba un dedo, un pie, un pulmón. Y más aún.
Luego ya de grande, viajará a Italia y reconstruirá sus raíces. Cuando la guerra se desata, el
único amor de su abuela ya no pudo venir a América. Maddalena contestó la carta de él
con odio: Che la prima mitraglia ti uccida. (Que la primera metralla te mate) Profecía que
habrá de cumplirse.
Severín grafica sensaciones. Así, cuando la italiana en el viaje hacia Argentina observaba
el mar, sus ojos quedaban prendidos de esa tumba líquida, esa distancia de olas que la
separaba de los brazos de su hombre. //¿Tobías llegaba hasta su ventana como Romeo, o
ella corría hasta encontrarlo? O era un manojo de sangre a merced de la tempestad (…).
Y la nieta:
Cantaba, eso sí, cantaba siempre para aliviarme. Y el silencio. Que no era como aquel
silencio de mi casa. (…) Escuchaba ese silencio tan distinto del de la llanura, que es un
silencio continuo, recto, una línea horizontal (…).
En este texto, El padre de mi padre dos mujeres fuertes buscan su propio camino, aun a
costa de pagar duros precios por mantenerse independientes.
Sonia Catela