Entrevista a la autora:
—En Te quedan lindas las trenzas una niña cuenta episodios de su infancia, y el primer logro
de la novela es el tono para el habla del personaje. ¿Fue espontáneo o trabajoso el
encuentro de ese lenguaje?
—El lenguaje de Lina me resultó totalmente espontáneo y fluido. Estuve muy cómoda
escribiendo desde ese lugar; quizá se debió a que cuando comencé a construir la novela,
mi nieta mayor tenía más o menos los años de la protagonista y yo conversaba mucho con
ella. Además, hizo casi todos los dibujos que están en el libro y me dio algunas ideas para
varios pasajes en los que tenía duda.
Una niña cuenta su infancia, con sus luces y sombras. Y a su voz se suma otra que revela
los pensamientos últimos de la niña y anticipa su futuro y el de algunos de los personajes
que la acompañan, y ahí sí las sombras arrecian, quizás porque son las feas sombras que
arreciaron en el país durante la juventud de la protagonista y sus hermanos, en los
fatídicos y nada ideales años 70.
Esta segunda voz sí que me dio trabajo. Necesitaba que alguien pudiese ver un poco más
que Lina; entonces recurrí a esta forma de omnisciente que la acompaña, diciendo lo que
ella aún no puede decir por sus pocos años. Quería encontrar el tono justo, y eso no fue
fácil. En el último capítulo esta voz toma todo el espacio hasta llegar al desenlace. Los
personajes, por edad, me daban muy bien para que hayan vivido en los años 70, y allí
decidí que a dos de ellos les iba tocar sufrir la dictadura. No quise ahondar demasiado en
sus vidas futuras, aunque tuve muchísimas ganas de hacerlo. Vos sabés bien que, aunque
no lo escribamos, conocemos todo acerca de los protagonistas. Pero me pareció mejor dar
solo unas pinceladas de lo que pasaría en el futuro y dejarle el lugar a los lectores para
que pudiesen llenar esos huecos que faltan.
—Lina, la protagonista, nos describe los conflictos con las insensateces y perfidias que la
rodean. Sobrevive, sin embargo, a cada naufragio. ¿Ese es el sino de la infancia?
—Louis Glück dice, “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Yo
creo que somos sobrevivientes de lo que casi siempre ha sido un naufragio; después de la
infancia, todo lo que nos resta por vivir es desenvolver el aprendizaje para que el bote de
la vida quede a flote. Vamos sacando con un tarro pequeño el agua que se deposita
dentro del bote en cada embestida de las olas. De una manera o de otra, somos el
resultado de lo que nos tocó vivir allá lejos y hace tiempo.
—La pregunta inevitable: ¿cuánto hay de autobiográfico en la novela?
—Siempre digo que lo mío no es autobiográfico pero sí autorreferencial. ¿Qué quiero decir
con esto? Que a veces tomo pasajes, circunstancias, anécdotas de mi vida y las voy,
digamos, “reciclando” para mi escritura. En este caso yo no soy Lina, aunque hubiese
podido serlo. Tuve, sí, una abuela a la quise mucho y que fue la materna. Ella y el abuelo
no vivían en el campo cuando yo era chica, pero lo habían hecho cuando tuvieron sus
hijos. A mi otra abuela –la piamontesa– la sufrí toda la niñez: vivimos en su casa hasta que
yo cumplí 14 años, era una mujer arrogante y egocéntrica que sólo se quería a sí misma.
Su marido, mi abuelo paterno, murió cuando nací. Pero yo necesitaba de ese abuelo para
que fuese un contrapunto en el texto. Mi madre, por ejemplo, es el opuesto absoluto de
Leandra: fui delineando un personaje contrario recordando como fue ella. O el ejército de
las Marías, las empleadas domésticas de mi abuela piamontesa, que se nombran en el
libro. En realidad, ella tenía una sola María, mala como la sarna, que era la que ejecutaba
sus órdenes. A mi abuela, por cierto, le hubiese encantado tener un ejército de empleadas
que la sirvieran, y le di ese gusto postrero, escribiéndolo. Me propuse también desarrollar
el tema de la hermandad que es, la mayoría de las veces, un vínculo difícil, complejo.
—Hay cuatro abuelos, todos muy distintos: hay un padre y una madre muy distintos; hay
dos hermanos varones, nada fraternales; hay una tía enclaustrada en su locura. ¿Se trata
realmente de una familia singular? O bien vistas (como Tolstoi dice de los matrimonios
infelices dignos de ser contados) casi todas las infancias registran en el fondo el choque
más o menos trágico con el mundo entero que encontrarán después?
—Exacerbé un tanto los rasgos de todos ellos porque el texto así lo requería para la tensión
y para sostener el conflicto. Quizá yo veía, cuando era chica, todo mucho más exagerado
de lo que era. Te doy un ejemplo: tuve una tía, que fue a su vez mi madrina, que sufría de
bipolaridad (antes se decía maniaca depresiva). Ella se encerraba en la habitación –en el
período depresivo – totalmente a oscuras, y un día escuché en un susurro de pasillo que
se había querido suicidar. En verdad no sé si lo intentó, pero sí fui testigo de su muerte.
Cuando estuvo mejor de su enfermedad (ya era una mujer mayor) se puso de novia. Una
tarde estaban en la vereda (ella se volvía a su casa), y un auto chocó a una moto, la moto
subió a la acera y la atropello: pego la cabeza contra el cordón y después de una breve
convalecencia falleció. Y fue justo en el momento en que la vida –por fin– le daba un
respiro. Ella en la novela es Trinidad.
Por otro lado, mi abuelo materno tuvo una hija, a principios del siglo pasado, cuando iban
al norte a buscar tierras fiscales –se dice que fue de una india que luego la abandonó–. Mi
abuelo se la trajo y la crio su madre. Todos queríamos mucho a esta tía, pero nunca se
hablaba de su origen. Era un hermético secreto. Estas son las cosas que dan pie a mi
escritura. Mi familia es muy rica en anécdotas e historias, muchas disfuncionales, por
cierto, pero que son las mejores para la literatura.
—La presencia fulgurante (y no pocas veces violenta) de la naturaleza, en la estadía de Lina
en el campo de los abuelos piamonteses o en el viaje final que toda la familia hace a las
cataratas del Iguazú, es una suerte de contrapunto a los desencuentros que parecen signar
la vida de los seres humanos. Aunque ahí tampoco hay idealización, ¿no?
—No hay idealización de la naturaleza, pero sí belleza. Siempre estuve en contacto con ella:
primero por mi trabajo en el campo, luego por elección; creo que en la naturaleza radica
la verdad más profunda que tenemos que descubrir. Aún en los momentos tremendos,
como un tornado o un incendio, muestra la belleza detrás de su violencia, de su estallido.
Algo está gritando, al igual que gritan los personajes. Me apenan las grandes ciudades y la
gente que tiene que vivir en ellas. Soy feliz en los sitios donde se puede respirar aire puro,
donde hay mucho silencio poca gente, y puedo sentirme conectada conmigo misma.
Algunos comentarios de la novela:
Te quedan lindas las trenzas en una novela buenísima. La autora se ha superado ampliamente a sí
misma, y el resultado es este texto extraordinario que recomiendo enfáticamente.
Enrique Butti
Te quedan lindas las trenzas es un texto para recordar cuántas veces y de qué extraño modo, a la
misma edad que Lina, la protagonista, el universo de los adultos nos invitó a entrar en él y nos hizo,
en buena medida, ser quienes somos. A su vez no puede dejar de recordarnos a la encantadora Mick
Kelly, protagonista de “El corazón es un cazador solitario”, de Carson MacCullers, la niña curiosa y
vivaz que debe enfrentarse al mundo de los adultos y sus múltiples enigmas”.
Luis Benítez
Querida Patricia: Muchas gracias por tu libro. Lo leí con mucho interés y te aseguro que me
encantó. Muy buenos cuentos, con mucho clima y buen tratamiento de los personajes. Qué bueno es
ver que las amigas están produciendo y escribiendo excelentes textos. Felicitaciones y un abrazo
grande.
Angélica Gorodischer
Contratapa:
Lina, la protagonista de Te quedan lindas las trenzas, pasa sus vacaciones de
verano en el campo de sus abuelos maternos. Es la década del 60 y la vida
transcurre en un tempo diferente. Cuando regresa a la ciudad, un hecho
doméstico hará que deba vivir temporariamente en la casa de sus abuelos
paternos, inmigrantes de la región del Piamonte, Italia.
Lina registra lo que va pasando a su alrededor: universos diferentes –y
contrapuestos–, de las dos familias. Hay gozo cuando disfruta de la naturaleza y
de las cosas simples de la vida, pero también soportará castigos, mandatos,
prohibiciones y peligros. En esta historia encontramos hermanos terribles, el mal
genio de una madre –detrás del cual se oculta el sufrimiento–, la distancia del
padre y secretos familiares que pugnan por salir a la luz. Las dos abuelas, Luisa y
Elbia, marcarán la infancia de Lina desde distintas visiones del mundo que
moldearán su carácter y sus vínculos y determinarán su futuro. Un viaje a las
Cataratas del Iguazú pondrá en evidencia la profunda fisura que existe en este
mundo familiar que, supuestamente, es el que debe cobijar a Lina.
2021 Editorial Palabrava
ISBN 978-987-4156-35-8

2022 Pro Latina Press,
Estados Unidos
ISBN 978-1-7377458-0-8

2025 Ápeiron, España
ISBN 978-84-127845-3-4
